
EL RECTÁNGULO BARROCO
La mujer, frente al tocador, fue retirando del pelo las horquillas, con la desilusión hormigueando en las yemas de los dedos. Eran ya demasiados los años de silencio y sufrimiento. La melena larga le deslizó a mechones la pena por la nuca. Se contempló con largueza entre los límites brillantes del espejo. Con lentitud fue descubriendo aquel mundo sugestivo, oculto tras el rectángulo del marco barroco. Alargó el brazo, traspasó el contacto rígido, abierto para ella como dos hojas de cortina, y siguió avanzando.
Él se acercó a ella por la espalda, resignado a cumplir la obligación de una caricia, pero aquella noche, al intentarlo, la bata de satén se desplomó vacía sobre la alfombra. Al elevar la vista descubrió a su esposa, desnuda, al fondo infinito del espejo. Ella, con el cabello recogido por un hilo de seda ensangrentado, le sonrió con ironía y le volvió la espalda, convencida de que ya estaba a salvo para siempre.