Se rompieron las reglas
-las pocas que quedaban-;
para entonces, vivir
era tan sólo una utopía.
Andaba casi siempre
la casa alborotada.
Se instalaron los gritos
por todos los rincones,
y yo colgué mi voz
en el viejo perchero de la alcoba.
Era un niño talado.
Fantasmeaba, sin lugar
donde esconder la pena,
hasta un día
-no recuerdo muy bien de qué color-
que entre cajas y muebles,
me supe conducido
a un éxodo plagado de promesas.
Juan Calderón Matador

