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sábado, 26 de noviembre de 2011

MUJERES POR DOQUIER


Foto Internet


MUJERES POR DOQUIER


Vinieron apiñadas al encuentro
con las risas bien frescas,
y bordaron pañuelos
para secar el llanto de mi madre.

En el nuevo destino
crecían faldas
por todos los rincones,
mujeres por doquier de beso fácil,
que me hicieron mascota, su capricho,
un pepón de juguete, su angelote.

Resucitó mi voz y me dispuse
a curarle las llagas, a esparcirla,
a inventarme la música, por ellas.

Y sentí su cariño a cinco voces,
la de Antonia, mi abuela,
la de mi tía Guadalupe,
las de mis primas Maribel y Antonia
-mis hermanas mayores desde entonces-
y también –cómo no-
la de Isabel, mi madre,
que supo ser valiente
y partió desde  cero al infinito. 

                  Juan Calderón Matador

(Del libro "Eco de niño para voz de hombre", Ediciones Cardeñoso, 2003)

NARRATIVA DE JUAN CALDERÓN MATADOR (RETROSPECTIVA)



LA DONCELLA SEISCIENTOS TRECE


           “Condesa Gabriella Erzsébet Báthory-Nádasdy de Ecsed –Agosto 1560, Agosto 1614-” , así reza la tumba del cementerio de Ecsed, ese lugar remoto donde todos creen que aún reposas.

           Sólo allí accedieron a darte sepultura, después de haber sido rechazado tu cuerpo en la iglesia de Cachtice, pueblo de ignorantes que te creyeron indigna de tierra sagrada. ¿Cómo pudieron, cómo, negarte a ti, la bella entre las bellas, acomodo bajo sus mármoles, sosiego entre sus paredes?

           Creí volverme loca y te seguí a través del territorio húngaro hasta el noreste del país, cuna de tus ancestros, donde tu piel de nieve eclipsó al paisaje, en donde descendiste los escalones del subsuelo con esa majestad que "sólo vos, Condesa, poseéis".

           Cuatro años antes, cuando fuiste condenada a emparedamiento en tu castillo de Cachtice, quise convertirme en el pan de tu comida ¿Cómo si no llegar a ti, con puertas y ventanas convertidas en muros sólidos? Sólo aquel ventanuco, por donde te llegaba el alimento, hubiese podido acercarnos, pero no fue posible. Los guardianes me impidieron el paso cuantas veces lo intenté. Estar lejos de tu presencia, durante tanto tiempo, dibujó melancolía en mis facciones, y un pocillo, en el centro de mi corazón, destilaba dolor a todas horas. Mi vida se redujo a la añoranza de aquellos días,  cuando me acogiste como pupila, regalabas tu sabiduría de mujer cultivada y tu eterna belleza, alimentada por la sangre de jóvenes sin desposar. Seiscientas doce tuvieron el privilegio de desbordar los ríos rojos de sus venas sobre tus nacaradas carnes, seiscientos doce ángeles que revolotearon sobre las torres del castillo, derramando sobre tu cuerpo los ungüentos precisos para la eterna juventud. Yo hubiese sido la siguiente; sé que mi nombre, con el número seiscientos trece al lado, figuraba en tu lista, pero las intrigas políticas impidieron culminar la honrosa misión que me aguardaba. ¡Erzsébet, Erzsébet, había soñado tanto con aquel instante, humillada ante ti, toda yo convertida en una hilera de surtidores por las cuchilladas de Thorko, tu mayordomo fiel, siempre ayudado por Dorottya, ese prodigio de fuerza hecho mujer! Lo digo y me estremezco. Ningún otro placer podría compararse a aquel momento. ¿Por qué, por qué, tuvieron que acusarte tus enemigos de brujería? ¿Acaso no es práctica habitual entre la nobleza castigar con saña a la servidumbre? Envidiaban tu poder, tan sólo eso, Erzsébet. Malditos sean por impedir que te pudiera entregar mi noble doncellez, aunque ahora lo haga cada noche.

           Ya ni siquiera me celo, como antaño, de aquel criado, que te llenó de vida el vientre cuando apenas se había despedido tu niñez ¿Qué me puede importar, si el desgraciado vaga en el submundo,  castrado y devorado por los perros? ¿Y qué decir de Ferenc, el que te desposó a los quince años, más preocupado por guerrear que por hacerte madre? Ellos ya no son un mal recuerdo para mí. Son pasado, mientras tú y yo somos presente y eternidad.

           Aquí, en la cripta de mi castillo, nadie podrá impedirnos los encuentros. Allá, en Ecsed, era imposible continuar, por eso, en secreto, amparada por la noche, te rescaté de la sepultura, y te hice trasladar hasta este aposento, donde ya nada nos separará. Allí era difícil pasar desapercibida. Las lenguas empezaban a desatarse: hablaban de una joven misteriosa que te visitaba a la luz de la luna. La tumba amanecía bañada en flores y tú dormías regada de sangre, la mía, la de tu doncella seiscientos trece. Por las rendijas de la tumba introducía mis senos, y te sentía deslizar la lengua por ellos, ensalivando las areolas, llenando de pequeños mordiscos los pezones, hasta extraerles  mi jugo carmesí. Pero aquí, donde el túmulo se convierte en tálamo, no hay que buscar resquicios por donde tocarnos, aquí, donde no llega ni un ápice de luz, te puedo despojar sin el temor de que tu piel se dañe por la claridad. Ni siquiera una antorcha ilumina la escalera; me basta el medallón luciferino, que me adorna el escote, para orientarme en la penumbra. Es como un lazarillo voluntarioso que me conduce de la mano; oigo su voz, lo siento  dirigiendo mis pasos, y me trae hasta ti, mi Diosa en las tinieblas. Yo acudo rebosando  sangre de doncellas, las que cada día selecciono para ti. Bebo su líquido hasta llenarme, y luego te visito, cubierta únicamente por el negro terciopelo de la noche. Tiendo mi cuerpo sobre el tuyo, anhelando ser semen que anide en tus entrañas, y me derramo sobre ti, hecha plasma caliente, alimento que te mantenga eternamente joven,  a mí lado.

                                                                              Juan Calderón Matador
CONDESA BÁTHORY


(Del libro colectivo  "Blanco, negro y otro Color", Editorial Tintaviva, 2010)    


Marcos Callau
16 sep, 01:54 p.m.
Este relato es estupendo, Juan y me ha encantado volverlo a leer ahora, después de haber contemplado con mis propios ojos la estupenda obra a la que te refieres. Cómo me gustó la ciudad abrazada por el Tajo! Un abrazo Leer más…
Estrella
3 ene, 01:02 a.m.
De lo mejor que he leido ultimamente. ¡Uf, qué fuerte!  Leer más…
Juan Calderón Matador
3 dic '10, 09:04 a.m.


BASURA COTIDIANA


           Había hipotecado su juventud en favor de un proyecto de familia. Renunció a la palabra en beneficio de la armonía. Se vio ninguneada en el trabajo por hacer uso de la jornada reducida tras nacer sus hijos. Soportó con resignación el yugo de la fregona, la escoba, las cazuelas...a cambio de la indiferencia de los niños y el desaire continuo del esposo, aquellos seres a los que tanto amaba. Luchó, sin resultados, contra las bofetadas que a diario le propinaba el espejo y perdió la alegría en la batalla cotidiana. Pero aquella mañana decidió que allí  acababa el calvario. Dejó su lastre en el cesto de la ropa sucia; cambió la colada, los guisos y el orden del hogar por un poco de mimo a su persona. Aunque la casa fuera un caos, una chispa de luz volvió a su rostro, mas no era suficiente. Sintió necesidad de derribar las rejas que la atenazaban y quiso echar a andar. Sus piernas fueron incapaces de sostener tanta tristeza y tuvo que buscar apoyo en la pared. Aquel muro era el fondo del pozo que la ahogaba; en él tomó el impulso necesario para volver a la superficie y exclamar: ¡Adiós, ahí os quedáis con la basura! Y renació en el camino de la vida, dispuesta a descubrir de nuevo el olor de la hierba y el frescor del rocío. 


                                                            Juan Calderón Matador

(Del libro "Blanco, Negro y otro color", Editorial Tintaviva-2010)
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Graziela
21 oct '10, 08:53 p.m.
Cuando leí este cuento en el libro me gustó mucho, pues detrás de la tragedia se esconde una historia de superación y amor.  Leer más…
Pilar
21 oct '10, 02:00 p.m.
Ya te comenté, cuando los repasos, que me gustaba mucho este cuento. Refleja perfectamente todo lo que es una madre.  Leer más…
Juan Calderón Matador
21 oct '10, 01:30 p.m.

Juan Calderón Matador

CONFIANZA CIEGA


          El día que Soledad Recuero recibió la llamada de teléfono, saboreaba una taza de café con la vista perdida frente al ventanal de su casa, tan perdida como sus pensamientos entre una montaña de proyectos. Por fin la vida comenzaba a serenarse y ella sonreía  porque tras largos años de sacrificios, Paquito, D. Francisco, por fin había terminado sus estudios y preparaba oposiciones.¡Qué orgullosos del hijo se sentían ella y su esposo!. Pero sonó el teléfono... ¡Nunca hubiese sonado!.
  
           Desde aquel fatídico momento, Soledad es una sombra diminuta recortada sobre el ventanal de la clínica, tan perenne en su sitial de guardia que  parece formar parte del mobiliario, al que ya se han hecho sus ojos y sus huesos, convertido en su único paisaje. Un paisaje donde no faltan nunca  flores que ella misma se encarga de llevar frescas cada día, para  que cuando Paquito abra los ojos lo primero que vea sea algo hermoso, lleno de colores. Nunca volverá a ver, así lo han asegurado los doctores tras el accidente. Soledad se niega a creerlos y espera con paciencia, sin hacer ruido, que su hijo regrese, lleno de vida como siempre, de un sueño que ya dura varios meses.
  
           Soledad ha conseguido regresar a casa con Paquito. Ha sido dura batalla. Los doctores ya no le merecían confianza, tenía la sensación de que experimentaban con su hijo sin  resultados positivos. Ella lograría que  volviera a ser el de antes. Siempre la encuentra en vela su esposo cuando regresa del trabajo y siempre la deja en la misma actitud cuando se marcha. Tan sólo le cede el puesto de cinco a ocho de la tarde, el tiempo indispensable de asistir a la academia donde su hijo preparaba las oposiciones. Al principio, en los meses de clínica, lograba los apuntes como podía y se los leía una y otra vez al enfermo, convencida de que en algún pequeño rincón de su cerebro quedaba almacenada aquella información,  indispensable para el momento de opositar. Más tarde, ya instalados en casa, Soledad pensó que sería mucho mejor matricularse ella misma en la academia, así serían mayores los conocimientos que podría transmitir a Paquito. “ Paquito me escucha y hasta podría asegurar que a veces sonríe y me aprieta la mano cuando le hablo”- le decía a su esposo, y éste asentía por no contrariarla, a sabiendas de que su hijo jamás volvería a sonreír.
  
           Y jamás volvió a sonreír Paquito. Una mañana, mientras su madre le hablaba del tema treinta y tres, dejó de circular definitivamente la vida por aquel cuerpo vegetal. Soledad, sin derramar una sola lágrima, prometió a su hijo recoger su antorcha y completar el ciclo que él ya no podría. Meses más tarde Soledad Recuero, cumplidos los cincuenta años, lograba el número uno en aquellas oposiciones que hubieran debido ser para su hijo. Sólo entonces se permitió el desahogo de un llanto incontenible. 


(Del libro "Veinte historias amables más un garbanzo negro", Ediciones Cardeñoso-2010)   
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P Almodovar
20 ago '10, 09:40 p.m.
Juan Luis Galiardo sería perfecto para el papel de Contreras en cine. Saludos  Leer más…
Sofia
20 ago '10, 04:54 p.m.
Hay chispa e intriga en este pequeño relato.¡Muy ingenioso e inesperado el final!  Leer más…
Cruz
20 ago '10, 12:48 p.m.
Si es que a veces se despista uno de una manera...¡Bien por ese Contreras, a lo mejor no sabe resolver un asesinato, pero está claro que sabe vivr la vida.  Leer más…
Juan Calderón Matador
19 ago '10, 11:55 p.m.


LA UÑA ROTA


           El ojo derecho del difunto, en el momento del óbito, dejó clavada su mirada con obstinación en el retrato al óleo de su bisabuelo, conde de Peña Rota. Cuando el inspector Contreras examinó el cadáver tuvo la certeza, así lo manifestó, de que el finado, con aquel último gesto, había dejado una señal que llevase a la policía hasta el criminal. Estaba convencido de que el antiguo retrato escondía la clave, sobre todo al conocer la historia del aristócrata, asesinado años atrás por el mayordomo de la casa. Investigó a todas y cada una de las personas de servicio sin que se pudiesen encontrar indicios de culpabilidad en ninguno de ellos. No dio importancia, sin embargo, a la uña clavada en el pecho del difunto, una uña rota de mujer, oculta por el vello. Tampoco reparó en la manicura defectuosa en la mano derecha de la viuda. Tal vez el inspector no era muy listo, o quizás lo fuese demasiado y su larga experiencia en homicidios le dijera que nada de aquello conducía a parte alguna; lo cierto es que el caso se cerró sin resolver. 
           A Contreras, por aquellas fechas, le llegó el momento de la jubilación. Al despedirse de sus compañeros dijo que durante una larga temporada se dedicaría a viajar, y hubo más de uno que lo envidió. Poco podíamos imaginar ellos y nosotros que tras aquella despedida se escondía una  huída a Brasil, donde ya le esperaba la condesa con toda la fortuna de su esposo y el fuego del deseo bajo las bragas.

Juan Calderón Matador

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Pilar
27 mar '10, 08:36 p.m.
LO RECORDABA, PERO ME SIGUE RESULTANDO IGUAL DE INQUIETANTE. ESTO DE ESCRIBIR SE PUEDE VOLVER PELIGROSO.  Leer más…
Anonymous
27 mar '10, 08:05 p.m.
Me ha gustado volver a leer este cuento misteriosos y enigmático. Las fotos lo ilustran muy bien.
Besitos de colores  Leer más…
Juan Calderón Matador
27 mar '10, 10:32 a.m.

EL LIBRO DE LOS MENSAJES


           Apenas apeado del tren, en la estación madrileña de Atocha, le robaron la cartera. Mal comienzo, pensó. Se había quedado sin documentación, pero afortunadamente el dinero lo llevaba en el bolsillo. Como éste abre puertas en cualquier parte, no tuvo mayores problemas para conseguir alojamiento en una pensión barata de las inmediaciones. Llegaba a Madrid dispuesto a triunfar en el mundo literario, convencido de que su talento y el dinerito heredado le harían subir los peldaños de la fama.



            Era mañana de domingo. Alguien en la pensión le habló del mercado de libros de ocasión en la Cuesta de Moyano. Hacía allí se dirigió. Se detuvo en varios puestos, soñando quizás con el día en que también sus obras pudieran encontrarse en las librerías. Le llamó la atención un libro, encuadernado en piel, titulado “ Mensajes ”. En él figuraba como fecha de edición 1.979. El hombre pensó que aquella errata, pues el año que corría era 1.970, le daría un valor especial al volumen. Lo adquirió a bajo precio y partió hacia la pensión, dispuesto a descansar un rato y echarle una ojeada al libro. Tendido sobre la cama, lo abrió por una página al azar y encontró la biografía de un supuesto escritor, muerto de forma misteriosa en esa misma casa donde él se hospedaba. Nunca se conoció el nombre del individuo ni su procedencia. En su equipaje se habían  encontrado unos escritos que hicieron pensar se trataba de alguien dedicado a las letras, y se los atribuyeron como propios. Aquellos relatos alcanzaron cierta popularidad publicados bajo el seudónimo de “ El Estrangulado ”, sobrenombre con el que pasó a la posteridad, por ser  esa la forma en que murió.

            El hombre se sintió recorrido por un escalofrío antes de sucumbir al sueño de la siesta, tras dejar sobre la mesita de noche el misterioso libro.    
           A la mañana siguiente, la dueña de la pensión descubrió su cuerpo sin vida sobre la cama, con una media de cristal anudada al cuello. La policía halló una colección de relatos en su maleta. El hombre tenía pocas pertenencias más, ninguna documentación y nada de dinero. Llamó la atención un extraño libro titulado “ Mensajes ” que encontraron sobre la mesita de noche, en cuyo interior no figuraba ni una sola línea impresa.

(Del libro "La noche que murió Paca la tuerta" Ediciones Cardeñoso- 2008  Leer más…
PILARA
2 mar '10, 04:37 p.m.
Buena leyenda y mejor venganza, aunque el cuerpo me pedía un poco de morbo a la hora de llevarla a efecto.  Leer más…
Juan Calderón Matador
2 mar '10, 02:51 a.m.

Y POR FIN SALIÓ DEL POZO

            En la mejor casa del pueblo vivía don Pascual, el mayor terrateniente de la zona, junto a su numerosa familia. Doña Pepa, su esposa, mujer de extrema religiosidad que había hecho de la natalidad su misión en la tierra, alumbró doce hijos. El mayor de ellos, el señorito Ramón, es el protagonista de la historia que nos ocupa.

           Había entre la servidumbre de la casa una preciosa chica, Margarita. Aunque entró en la misma como niñera del más joven de los hermanos, fue el señorito Ramón el que requirió sus servicios con más frecuencia. Poco a poco fue enredando a la joven hasta convertirla en su amante. Así ocurrió durante un tiempo hasta que un día, cansado ya de ella, llevó a su cita con la sirvienta a sus cuatro amigotes, compañeros de farra y fechorías. La muchacha, al verse en aquella encerrona, quiso huir sin conseguirlo. Se vio acorralada e impotente mientras era manoseada por aquellos hombres que olían a vino. Entre náuseas y sollozos se encontró desnuda sobre el suelo, donde fue violada por todos ellos. Intentó zafarse una y otra vez, pero eran muchas manos contra ella sola, manos que le tapaban la boca para impedir que gritara, manos que, posiblemente sin quererlo, la asfixiaron. El señorito Ramón y sus amigos, al darse cuenta del trágico desenlace de su juerga, quisieron borrar cualquier rastro de lo ocurrido. Pensaron precipitadamente qué hacer con el cadáver y, tras desechar otras alternativas, decidieron arrojarlo, atado a una piedra,  al  pozo que había en la casa. Nadie supo nunca por qué había desaparecido la chica, nadie la encontró y nadie tuvo conocimiento de lo ocurrido aquella noche en casa de don Pascual. La guardia civil tampoco se esforzó demasiado en esclarecer los hechos y cerraron sospechosamente el caso, ante la incredulidad de los familiares de la victima.

           Pasados unos años, cuando ya nadie recordaba aquel suceso, el señorito Ramón y sus cuatro amigos fueron muriendo en extrañas circunstancias, hasta que la policía,  atando cabos, detuvo a un joven forastero, al que se había visto en el pueblo en las mismas fechas de los asesinatos. El muchacho aseguró ser la reencarnación de la malograda niñera desaparecida y que había nacido con la misión de hacer justicia. Contó, con todo género de detalles, lo ocurrido aquella fatídica noche y como prueba de lo que decía condujo a los agentes hasta el pozo, donde hallaron los restos de Margarita y la piedra que le había hecho permanecer en el fondo, tal y como había relatado el detenido. El joven respiró tranquilo al comprobar que su antiguo cuerpo por fin salió del pozo y afirmó que su misión en la vida había terminado. Doña Pepa falleció por el disgusto pero su esposo, más guiado por la soberbia que por la justicia, movió los hilos pertinentes y consiguió que el muchacho fuese condenado. Algún tiempo después apareció ahorcado en su celda. El pueblo, sin embargo, no tuvo dudas de que el chico había dicho la verdad aunque costase creerla, dando origen a la leyenda de la hermosa niñera asesinada.

(Del libro "La noche que murió Paca la Tuerta", Ediciones Cardeñoso-2008)              

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Cruz
19 feb '10, 01:32 a.m.
Los sueños, a veces son como castillos de espuma,desaparecen sin que podamos atraparlos. Pero es mucho más terrible alcanzarlos y descubrir, como en tu relato, que se nos acabó el tiempo.Precioso y tremendo el relato.  Leer más…
Pilar
31 ene '10, 05:25 p.m.
Corremos para alcanzar objetivos y cuando están a nuestro alcance el resultado puede ser demoledor.
Muy bueno.  Leer más…
Juan Calderón Matador
31 ene '10, 12:48 a.m.


EDAD


No supo porqué, pero, en aquel instante, tuvo la certeza de haber detenido la edad. Después de tanto tiempo luchando al fin lo había conseguido. Feliz, quiso comprobar el resultado ante el espejo. Empeño inútil: el cristal le dijo que ya no tenía rostro, ni futuro.


(Del libro "La noche que murió Paca la tuerta" Ediciones Cardeñoso 2008)

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JUAN CALDERÓN A EUROVISIÓN
Juan Calderón Matador
18 ene '10, 12:29 p.m.

YA PUEDES VOTAR EN LA PÁGINA OFICIAL DE CANDIDATOS DE RTVE A REPRESENTAR A ESPAÑA EN EUROVISION 2010
PUEDES HACERLO HASTA 5 VECES DIARIAS
EN EL SIGUIENTE ENLACE

Pilar
17 ene '10, 07:00 p.m.
¡Cuántas oportunidades dejamos pasar! Lo triste es que algunas son irremediables.
Buen trabajo  Leer más…
Pilar
17 ene '10, 06:58 p.m.
La esperanza del reencuentro no debe perderse nunca, aunque sea en otra dimensión. Precioso, Juan.  Leer más…
pacita
16 ene '10, 02:31 p.m.
Lo más interesante que he leído en mucho tiempo.  Leer más…
Juan Calderón Matador
16 ene '10, 12:39 p.m.

REENCUENTRO



Muchos años antes, cuando la guerra golpeaba, les separó el destino. Ella quedó en España, él fue hecho prisionero en Rusia, y allí permaneció hasta que la parca se sentó a los pies de su lecho. De la boca del hombre, al expirar, partió un hilillo de voz que atravesó Siberia y un país tras otro, hasta llegar frente a la puerta de la mujer que seguía esperándolo en Madrid. Ésta escuchó el mensaje que le trajo el silencio y se tendió en la cama, ataviada con el traje de novia que nunca llegó a usar. Cerró los ojos y quedó inmóvil. Un instante después se reencontraron en la ciudad de humo.

(Del libro "La noche que murió Paca la tuerta" Ediciones Cardeñoso-2008)

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Juan Calderón Matador
29 dic '09, 03:19 a.m.

LA VENDEDORA DE DIBUJOS


El día era tan gris como la piel de aquella muchacha que me salió al encuentro en la madrileña Puerta del Sol. Al abordarme hizo ademán de abrir un carpetón mientras decía: “Estoy enferma. ¿Me compra un dibujo, por favor?” En su mirada pude leer la desesperación, pero la prisa, o quizás el cansancio de encontrar continuamente por las calles a pedigüeños de todas las raleas, me hizo responderle: “Lo siento, no me puedo entretener”. Seguí caminando por la calle Carretas hasta que la conciencia me obligó a retroceder. Pensé que podría hacerle un favor a la chica y llevarme un dibujo de mi agrado pero, cuando deshice el camino andado, ya era tarde. La busqué por la plaza sin hallar su rastro; el bullicio del lugar parecía haberla hecho desaparecer.


Una semana más tarde visité Toledo con unos amigos. Entre las muchas maravillas de la ciudad, era obligado contemplar la famosa obra del Greco “El Entierro del Conde de Orgaz”. Nos colocamos frente al cuadro, extasiados ante tanta belleza. Recorrí con la mirada cada uno de sus personajes y, de pronto, mis ojos encontraron un rostro que puso en marcha la máquina de mis recuerdos. ¡Allí estaba la vendedora de dibujos! Era el ángel que había a la derecha de la pintura, en su parte superior, esperando junto a Dios la llegada del alma del difunto. No es posible, me dije; entonces el ángel me miró, y había tanto dolor en su mirada, que me hizo comprender. Yo no había sabido superar aquella prueba de mi karma. Perdóname, le rogué, ya sé que te fallé y no te presté ayuda en el momento oportuno, aunque luego quisiera enmendar mi error. Quise encontrar una respuesta en su mirada, pero su rostro ya no estaba en la pintura.

(Del libro "La noche que murió Paca la tuerta", Ediciones Cardeñoso -2008-)
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Un saxofonista en mi salón azul
18 dic '09, 09:25 p.m.
Hola Mr.! Bueno, en primer lugar te hablaré del texto, que me gustó y me enganchó. Ültimamente estoy exigente con esto de los textos, me explico, y es que he descubierto a tannnntooooossss que escribimos, que me cuesta encontrar algo que me conecte de alguna manera. ASí que gracias por este aperitivo de tu libro.

Me he quedado un poco sin palabras al leer tu currículo y me he sentido pequeñita. Me encanta la gente que desborda creatividad y que le pega a todo pues es su forma de entender la vida...

Así que gracias, un gracias gigante por vivir la vida como la transmites y gracias, también, humildemente, por haber pasado por Mr. Jones Country. Espero nos veamos de vez en cuando por sus calles.
Un beso de viernes.
LADY JONES  Leer más…
Anonymous
6 dic '09, 04:08 p.m.
Bueno de verdad este relato. Me da escalofríos.  Leer más…
Juan Calderón Matador
6 dic '09, 03:03 p.m.

SIN ESPERANZAS

           Ya sé que Francisco no es nombre apropiado para un perro. Cuando decidí llamar así a mi cachorro, debió ser una premonición de lo que habría de acontecer años más tarde.


           Aquella noche, el calor de agosto se había apoderado de la casa. Las horas pasaban sin que Francisco ni yo pudiésemos conciliar el sueño. Decidimos bajar a pasear por la Plaza de España, buscando un poco de frescor entre los árboles. Nos tendimos en el césped, cerca de un grupo de negros que nos miraron con recelo, sobre todo aquel que llevaba un amuleto refulgente colgándole del cuello.
           Francisco, juguetón y cariñoso como siempre, se acercó al grupo, husmeó a su alrededor y eligió al hombre del fetiche, primero midiendo cada uno de sus pasos, después decidido, hasta propinarle un lengüetazo. El negro se asustó y empuñó el amuleto. Se levantó como un poseso, mostrándole amenazador aquel objeto al pobre animal, que había quedado petrificado frente a él. El hombre vociferó en su idioma y restregó con saña el amuleto por el lomo de Francisco, que al verse maltratado corrió a refugiarse entre mis piernas. El negro lo siguió hasta encararme. Por el tono de voz, aunque no entendía ni una  de sus palabras, deduje que estaba muy enfadado. Traté de calmarle pidiéndole disculpas. Él no parecía escuchar y me intimidaba con aquella extraña estatuilla. Al rozarme con ella sentí un escalofrío y tuve miedo. En vista de que aquello no tenía aspecto de terminar de forma pacífica, Francisco y yo corrimos para protegernos tras el portal de casa.


           Había que dormir de alguna forma para poder madrugar al día siguiente. Decidí tomar un somnífero y le di otro al animal. Ninguno de los dos tuvimos un sueño plácido. Dimos vueltas sin parar, yo en el lecho, Francisco en la alfombra.


           Cuando al amanecer Madrid despertó y nos despabiló a nosotros con sus ruidos, me encontré con la mayor sorpresa de mi vida. Sentado sobre la alfombra no estaba Francisco, mejor dicho, sí estaba Francisco, mas no con su forma habitual. En el cuello seguía manteniendo el collar de siempre, pero su apariencia era totalmente humana. Un detalle definitivo me acabó de confirmar que a pesar de todo seguía siendo él: al llamarlo por su nombre me respondió con sus dos “guau-guau” de costumbre.
           Algo llamó mi atención, si es que podía sorprenderme cosa alguna después de lo que estaba viendo: el perro me miraba casi con tanta sorpresa como yo a él. Entonces descubrí horrorizado que, aunque seguía hablando con mi voz, mi cuerpo se había mutado en el del perro.
           Ya sé que es difícil de creer, por eso, después de muchas dificultades, he puesto la grabadora en marcha, para que puedan comprender lo sucedido cuando nos descubran sin vida en este piso junto a la Plaza de España, en Madrid.
           Ha pasado una semana desde aquella fatídica noche, sin que ninguno de los dos nos hayamos atrevido a afrontar la calle. Los alimentos se nos han terminado, comenzamos a desfallecer... y...
  (Del libro "La noche que murió Paca la tuerta" Ediciones Cardeñoso- 2008)

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Juan Calderón Matador
29 nov '09, 02:35 p.m.

LOS NIGERIANOS

           Tan pronto como el reloj marcaba las veinticuatro horas,  el centro comercial se quedaba sin luz. Así venía sucediendo desde hacía algunos días, sin que se supiese la causa. La gente tenía miedo y hablaban de apariciones. 
           
           Los nigerianos nos reuníamos cada tarde al terminar el trabajo. Era una manera de mantener vivo el recuerdo de nuestro país y compartir los problemas de inmigración. Hamani nunca había faltado a nuestra cita, hasta que de pronto dejó de acudir. Al principio no le dimos importancia a su ausencia, pero viendo que pasaban las semanas sin tener noticias suyas empezamos a preocuparnos. Hacía demasiado tiempo que nadie le había visto. Las últimas referencias lo situaban trabajando en la construcción del centro comercial.  
           Sé que es difícil de entender, pero nosotros creemos en estas cosas: Hamani comenzó a colarse en mis sueños, como si quisiera darme algún mensaje. Repetía una y otra vez “Estoy bajo el número doce del centro comercial”. Empecé a sospechar que su desaparición, sus visitas nocturnas y los apagones a las doce, podrían estar relacionados. Algo me decía que allí estaba la clave para descifrar el misterio, y así fue. Sería muy largo de contar lo difícil que me resultó lograr una plaza de vigilante nocturno en el centro comercial, pero la conseguí, convencido de que era un paso decisivo para encontrar a mi amigo. En la primera ronda nocturna, al enfocar con la linterna el escaparate de una de las tiendas, lo vi reflejado en la cristalera; Hamani estaba a mi espalda. Al volverme emprendió la huída, pero se paraba cada pocos pasos, como si quisiera asegurarse de que lo seguía. Le llamaba, mas no se detenía y corrí tras él hasta llegar a la plaza de parking número doce. Volvió a asegurarse de que lo había seguido y en ese mismo instante desapareció bajo el cemento, como devorado por el suelo que se agrietó, dejando al descubierto  el cadáver  de mi compatriota.
           Las investigaciones condujeron hasta el encargado de la obra. Éste acabó confesando que Hamani había fallecido en  accidente laboral y que, al ser un sin papeles, decidió enterrarlo en secreto bajo el aparcamiento, para evitarle complicaciones a la constructora. Tras su encarcelamiento y traslado del cadáver de Hamani a Nigeria, nunca más volvió a quedarse a oscuras el centro comercial. 

(Del libro “La noche que murió Paca la tuerta”, 
Ediciones Cardeñoso- 2008)          

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Lidia L
27 nov '09, 10:17 a.m.
Relato bien condensado como el buen perfume. Impresionante imagen la del final.  Leer más…
Juan Calderón Matador
21 nov '09, 03:00 a.m.


LÁMPARA GÓTICA


           Habían viajado a Londres en su luna de miel y, por supuesto, no faltó la visita a Portobello.


           Era una lámpara patinada por el pincel de los años. Aquella cabeza en bronce de un ser, mitad humano, mitad bestia, enamoró al instante a Marta, experta en antigüedades, y a su flamante esposo. Adquirieron la pieza para decorar uno de sus rincones favoritos en la casa de Madrid.
           Al conectarla por primera vez, Marta se sobresaltó. Fue una visión fugacísima, en la que vio alargarse más de un metro la lengua de aquel ser. Miró detenidamente la lámpara y pensó que estaba un poco loca, al comprobar que la figura seguía exactamente igual que siempre.


           Aquel verano hubo una plaga de moscas en la capital, pero en aquella casa no se vio ni una sola, sin que el matrimonio se explicase el fenómeno.


           Un año más tarde, Marta alumbró un bebé precioso. Tras amamantarlo, lo acostó en su cunita, justo al lado de la lámpara gótica. Pasados diez minutos, Marta descubrió vacía la cuna. La lámpara goteaba, moteando de rojo las infantiles sábanas. 

(Incluido en el libro “La noche que murió Paca la tuerta”, Ediciones Cardeñoso- 2008) 

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Juan Calderón Matador
14 nov '09, 11:31 p.m.
FOTO BELÉN AYUNTAMIENTO DE MADRID


ENCUENTRO NAVIDEÑO

          
  Ramiro saboreaba un capuchino mientras aguardaba la llegada de su hermano Juan Antonio. Al otro lado de la cristalera de aquella coqueta cafetería, Madrid pavoneaba su alumbrado navideño, el ambiente de compras tan propio de las fiestas y ese bullicio y alegría que a Ramiro se le antojaban tan ficticios. Su hermano se retrasaba y él distraía la espera con la vista enfrentada a los destellos luminosos y la mente descendiendo la escalinata del recuerdo. Al final de los peldaños halló el cuarto de plancha de la casa del pueblo, donde dos niños montaban el belén con la ayuda de su madre, un rito que se repetía cada año. 
           Todo empezaba en los primeros días de diciembre. Primero se desmantelaba el cuarto para dar cabida a los soportes, sobre los que se ponían grandes planchas de contrachapado. Luego había que hacer la excursión al campo para extraer pastelones de tierra con hierba fresca y musgo arrancado de las piedras, que transportaban en cestos de mimbre. Corcho en abundancia para simular montañas, arena y palmeras para el desierto, agua natural cayendo en cascada hasta el río, tul arrugado de color azul con estrellitas plateadas y algunas nubes de algodón cubriendo el techo, junto a la imaginación y complicidad de los dos niños, eran el armazón de aquella representación del nacimiento de Jesús en un humilde pesebre de Belén.  Por entonces, la familia era feliz y  los hermanos una piña, que rebosaba el dulce jugo de la alegría. A las vacaciones se unían las celebraciones, la cena de nochebuena con manjares exquisitos,  la compañía de los padres,  abuelos, tíos,  primos, y tras los postres villancicos frente al belén antes de ir a la misa del gallo.
           La vida se encargó de desbaratar aquel tiempo maravilloso. Ya no había cena de nochebuena, ni belén, ni reuniones familiares. De todo aquello tan sólo se había podido salvar un pequeño encuentro anual, por navidades, de Ramiro y Juan Antonio. 
           ¡Pero qué demonios le habrá ocurrido a mi hermano, ya se retrasa más de media hora!, pensaba Ramiro lleno de nostalgia. Seguro que  habrá cogido algún atasco. Qué pena que nos veamos tan poco. Con lo unidos que estuvimos toda la vida. El maldito trabajo tiene la culpa, o simplemente es que nos hemos distanciado poco a poco. Él tiene su familia... Yo siempre he sido un solitario... En fin que, por unas cosas y otras, vivimos totalmente aislados. ¡Era tan hermoso aquel tiempo de la infancia! 
           Así reflexionaba tras el ventanal mientras, al otro lado de la calle, unos músicos del este tocaban villancicos de la forma más triste que jamás los había escuchado y a su alrededor, en la cafetería, el alborozo crecía por momentos, con risotadas y tintinear de copas, que chocaban entre sí los parroquianos para desearse una feliz navidad. 
           Ramiro cada vez se sentía inmerso en una soledad y una tristeza más y más grande. Si su hermano tardaba un minuto  no podría resistirlo. Entonces ocurrió el milagro. Las puertas se abrieron y comenzaron a entrar sus seres más queridos, aquellos con los que había compartido los mejores momentos de las navidades infantiles. Sus padres, con un aspecto estupendo, los abuelos ¡tan viejecitos! El tío Manuel y su esposa, la tía Pilar, junto a las hermanas solteras de su madre: tía Lola y tía Antonia, los mellizos Salvador y Antoñito, la prima Purita. Allí estaban todos. 
           -De manera que se trataba de una sorpresa, por eso tardaba tanto mi hermano -dijo Ramiro. -O...¿No será un programa de cámara oculta? ¿No me estaréis gastando una broma, verdad? 
           -Por supuesto que no, hijo mío- Respondió María José, su madre, y le abrazó
 con la misma ternura de siempre -¡Qué ganas tenía de verte! 
           -Ya era hora de que volviésemos a pasar una nochebuena todos juntos, terció el padre mientras se unía al abrazo, y a él le siguieron  los demás. Menos Juan Antonio, que aún seguía sin aparecer.
           Lo que vino después: el banquete, los chistes, los villancicos, el cariño y la unión de siempre, borraron totalmente la tristeza de Ramiro. Su actitud volvió a ser jovial, su rostro recobró la alegría perdida por los años. Eso fue lo que le pareció a Juan Antonio cuando le acompañaba en la ambulancia. Al  llegar a la cita lo encontró rodeado de personas que trataban de reanimarlo. Ya en el hospital, cuando los doctores creían que recuperaban los latidos de su corazón, Ramiro fue consciente de que regresaba nuevamente a sus años de soledad, decepciones, ausencias, al tiempo de reencontrarse, casi por compromiso, una vez al año con su hermano, el único que seguía vivo de la familia. Ramiro decidió desandar el camino, regresar al encuentro con sus seres queridos, reintegrarse al festejo navideño. Abrió la puerta y allí estaban todos.
           -Pasa, hijo- Dijo su madre -¿Dónde te habías metido? Te estamos esperando para cantar Noche de Paz. ¿Quieres hacer la voz solista, como siempre? 
           -Por supuesto, mamá, como siempre.
           En Madrid, en el Hospital de la Paz, a las veinticuatro horas del día veinticuatro de diciembre, Juan Antonio bajaba definitivamente los párpados de su hermano Ramiro. Desde algún lugar llegaba una lejana melodía: 



“Noche de Paz, noche de amor, claro sol brilla ya, y los ángeles cantando están(...)”
                                                                          
(Relato incluido en el libro “La noche que murió Paca la tuerta”
Ediciones Cardeñoso – Diciembre 2008)

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Pilar
1 nov '09, 07:22 p.m.
Muy bonito, inquietante y colgado en la fecha idónea  Leer más…
Juan Calderón Matador
1 nov '09, 02:05 p.m.



LA MUJER DE NIEBLA


“Desde el mismo momento de conocer su engaño decidí no volver a verle. Jamás volverá a cruzar mi puerta, me dije, y la cerré con cuantas llaves tenía. Arrastré un pesado mueble para taponar la entrada y deseé que la madera se hiciera dura roca, a través de la cual no pudiera entrar ni salir el aire. Yo me quedé dentro, con el odio instalado en la mirada. Me derrumbé en la cama y esperé su llegada, por regalarme el placer de no abrirle, de vengar aquella herida larga como un río, dolorosa y negra como un duelo. Inútil espera. Nunca regresó, ni golpeó con sus nudillos en la entrada. Pasaron días y días. La rabia se me fue enroscando alrededor del cuello, produciéndome una asfixia lenta.
Definitivamente derribada por aquella ausencia persistente, tuve miedo de no volver a verle, de no poder gritarle su infamia cara a cara y, sólo después de sentirme condenada a la más absoluta soledad, descubrí que aún seguía amándole. Olvidé los agravios y retorné al deseo de él, a añorar sus besos.
Casi a rastras me dirigí a la puerta, decidida a franquear el paso. Al descorrer los cerrojos y virar las llaves encontré tapiado el orificio de la puerta, tal como lo había deseado en los pasados días. Golpeé aquel muro repetidamente sin conseguir derribarlo, como tampoco fue posible devolverle su hueco a las ventanas. Mi casa se había convertido en un panteón sellado, del que era imposible salir. Desfallecida me senté junto a la entrada, con la esperanza de escuchar los pasos de mi marido viniendo a rescatarme del cautiverio. Allí permanece lo que queda de mi cuerpo. Cuando me miro, después de tantos años en actitud de guardia, casi no puedo reconocerme en los jirones que de mí quedan junto a la puerta. Por favor, que alguien tire el muro y lleve mi esqueleto a reposar bajo la tierra, donde no encuentre cada día las fotos y recuerdos del canalla”

***

“Aquella tarde, ya tranquilo de la mudanza y asentado en mi nuevo domicilio, me senté frente a la maquina de escribir, dispuesto a hilvanar un nuevo relato. No soy consciente de cual fue el momento en que perdí la noción de la realidad, lo cierto es que, al abrir los ojos, estaba junto a una mujer desconocida, que al verse sorprendida tecleando en mi máquina, se difuminó como la niebla hasta desaparecer. En el folio, que había introducido totalmente en blanco en el rodillo de la “Hispano Olivetti” aproximadamente una hora antes, en el que estoy totalmente seguro de no haber escrito nada, encontré la historia que acaban de leer. Sucedió el día uno de noviembre. En mi despacho, desde entonces, hace más frío del normal. Por las noches escucho fuertes golpes en el muro, al que da la cabecera de mi cama. He interrogado a mis vecinos al respecto y me aseguran que ellos ni dan golpes ni los escuchan. La temperatura de su casa también es la lógica con respecto al exterior. ¿Qué está pasando?”

***
Cuando el escritor dejó de teclear en su máquina de escribir el texto anterior, se levantó con intención de ir al baño. Sus pies se quedaron clavados en mitad del pasillo. Por un momento pensó que eran figuraciones suyas y avanzó unos pasos, para detenerse al instante, esta vez convencido de que las teclas de la “Hispano Olivetti” seguían golpeando sobre el folio. ¿Cómo era posible si no había nadie más en casa? Volvió sobre sus pasos y halló escrita una súplica desesperada en el papel: “Cabrón, sácame de aquí”

El escritor no supo cómo reaccionar. No es posible, se decía, ¿me estaré volviendo loco? Yo no he escrito esa frase, estoy seguro.

Dos días más tarde, mientras fumaba un cigarrillo, esperando inspiración para continuar con su relato, sintió un dolor horrible en el dedo corazón de su mano derecha. Una fuerza invisible tiró de él hacia atrás hasta que los huesos crujieron y se desprendió de la mano. El grito del escritor tapó el ruido de las teclas de su máquina de escribir mientras imprimían una nueva frase: “Esto no es nada comparado con lo que te ocurrirá si no me sacas de aquí”.
El escritor, desde hacía una semana, no conciliaba el sueño. Vivía una vigilia permanente, con los cinco sentidos alerta, esperando el sonido de aquellas teclas que parecían tener vida propia. Cuando las escuchaba sabía que era el anuncio de alguna nueva desgracia, pero guardaba silencio por miedo a que lo tomasen por loco. Las cinco de la madrugada marcaba el reloj de su mesilla de noche al llegarle desde el despacho el repiqueteo de la máquina. Sus globos oculares parecieron salirse de las orbitas al ver cómo se hacía maleable la pared frente a su cama. Primero se formaron dos manos que empujaban el gotelé, después se perfiló una nariz que daba paso a un rostro de expresión aterradora, con las cuencas vacías y una boca de dientes negros y afilados. Aquella visión se hacía grande por momentos mientras el escritor empequeñecía bajo las sábanas. Tras un grito desgarrador, el ser alargó sus brazos y se apoderó del cuerpo del hombre, le dio vueltas en el aire como si de un pelele se tratase y lo lanzó con furia contra la pared que había tras la cama.

El escritor ya no comía, ni dormía, apenas era vida lo que habitaba entre sus huesos, sus maltrechos huesos. Al pasar, como una sombra, frente al espejo grande del pasillo, no se reconoció en aquella persona que le miraba desde el cristal, con la mano derecha sin dedo corazón, los hombros descolgados, completamente muertos a ambos lados de un cuerpo famélico, vestido de harapos, soportando una cabeza ensangrentada donde los ojos parecían dos grutas negras cercadas por el fango y la desolación. Tan absorto estaba en la contemplación de su desconocida fisonomía que ni siquiera se dio cuenta de que todas las paredes de su alrededor se estaban tiñendo de color rojo. Ocurrió lentamente como si se tratase de un papel secante que estuviese empapando sangre. Las teclas de la máquina de escribir comenzaron a sonar estrepitosamente, golpeando con rabia. Cuando el escritor las escuchó quiso dirigirse hacia el despacho pero sus pies hallaron resistencia. La sangre ya se había extendido por toda la casa y subía como un río crecido. Ya le llegaba a la altura de sus rodillas. Las teclas habían enloquecido sobre el rodillo de la “Hispano Olivetti”. “Cabrón, libérame, libérame, libérame, libérame, libérame, li bé ra me, ya
La sangre rebasaba la línea de su barbilla, comenzó a entrar a borbotones por su boca, los orificios de la nariz y los pabellones auditivos, hasta quedar sumergido totalmente. Flotando en la superficie tan sólo podía verse una mano con el dedo corazón arrancado.

El doctor Sa Carneiro, cayó en la cuenta de que su paciente llevaba varias semanas sin acudir a la consulta y consciente del grave peligro que podría representar una recaída en su enfermedad psiquiátrica, puso el caso en conocimiento de la policía. Acompañado de dos inspectores se personó en el domicilio del paciente. Lo hallaron sin vida, sumergido en la bañera, con ambos brazos rotos y un dedo arrancado de su mano derecha.

(Del libro “La noche que murió Paca la Tuerta”,
Ediciones Cardeñoso- Vigo- 2008)
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Juan Calderón Matador
22 oct '09, 03:38 p.m.
Foto de Arvikis (Parque del Retiro, Madrid 2009)

Monet (óleo sobre lienzo 1919)

LIBRO DE POEMAS

Hacía largo tiempo que llovía dolor sobre su cuerpo frágil. Ella sabía que no tardaría mucho en haber novedades definitivas, aun así, aquella mañana decidió rescatar de sus más íntimos baúles las caretas de salir de paseo, aquellas que mostraban juventud y dicha. Hasta tuvo el valor de elegir la de sonrisa picarona y ojos sombreados, enmarcados en punta de flecha; unas puntas de flechas que en más de una ocasión se le clavaban en la nuca y la hacían tambalearse. Pero aquella mañana era especial; lo había notado tan pronto como el sol vino a acurrucarse junto a ella. Se hizo un ovillo alrededor de su piel y le puso ilusión en cada poro. Hasta se vio bonita al beber la copa del engaño frente al espejo. Reparó en cuantas cosas no había reparado en tantos meses: la melodía de las aves al otro lado de la ventana, las plantas que retoñaban tras un largo letargo, la casa bañada en luz y la vida, sí, la vida golpeando con sus nudillos en la puerta. Ella le abrió y salieron juntas, dispuestas a ser protagonistas en el teatro de las calles. Sus pasos la llevaron hasta el parque, a aquella hora casi solitario. Se sintió árbol, olió su cuerpo y le llegó el aroma de las lilas, se supo agua al caminar junto al estanque, se vio del color de los parterres y voló con el polvo de las veredas, hasta que, ya rendida, se sentó en aquel banco que protegían los sauces, escamoteándolo a la vista de los escasos paseantes. Sintió en el cuello el aguijón de las puntas de flecha y, por un instante, creyó que no tendría fuerzas para regresar a casa. Cerró los ojos y aspiró profundamente. No supo cuánto tiempo había transcurrido pero al descorrer los párpados descubrió que no estaba sola. Un hombre hermoso, sin edad, ataviado con traje blanco de lino, leía junto a ella. Asustada, hizo ademán de marcharse, pero el hombre se apresuró a saludarla.
-No se marche, por favor. No pretendo molestarla.
-No es por usted, caballero; es que ya es mi hora.
-Tiene razón, señorita, ya es su hora, sin embargo creo que aún podemos charlar un momento.
La voz de aquel desconocido fue tan acariciadora, que la ató al banco como por arte de magia, y su sonrisa le pareció un pasillo de espejos por el que deseaba adentrarse sin demora, incluso tuvo tiempo para pensar que aquel era el amor que había esperado durante toda su vida. Entonces reparó en el libro que leía el hombre, un libro sin título con pastas blancas. Al ver que lo miraba éste preguntó:
-¿Le gusta leer?
-Sí, sobre todo últimamente, desde que tengo que pasar tanto tiempo en cama. ¿Qué libro es ese que no tiene título?
-Este es el libro más hermoso que existe.
-¿Me permite verlo?
-Claro que sí, para eso lo he traído –dijo mientras depositaba el ejemplar entre las manos de la muchacha.
-Pero...no hay nada escrito.
-En este libro están guardadas las palabras que han ido escribiendo, desde que el mundo es mundo, todos los poetas.
-Se burla de mí.
-En absoluto, señorita. Abra por una página cualquiera y encontrará el poema que necesite en este instante.
-A ver, por aquí –y abrió al azar el libro.
-Ya puede comenzar a leer.
-¿Pero cómo voy a leer si no hay letras?
-Inténtelo –rogó el hombre. Entonces se realizó el prodigio. La mujer comenzó a leer aquella página sobre la que no había escrita ni una sola línea:
“Mi infancia son recuerdos
de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero,
mi juventud veinte años
en tierras de Castilla...”
La muchacha leía y leía ante la atenta mirada del hombre, mas ya no eran las palabras de Machado las que acudían a su boca, era su propia voz, su propia vida la que le pasaba ante los ojos. Lloró y rió, amó y se sintió amada, se vio niña en su corte particular y no hubo ni un solo ser de los que conformaron su existencia que no acudiera a su mente. Reconoció lugares olvidados, olores, sabores. Admitió aciertos y fallos, pidió perdón y dio las gracias, y de repente dejó de sentir los aguijones clavados en su cuerpo, mientras la voz volvía a recitar los versos de aquel maravilloso libro:
“...Y cuando llegue el día
del último viaje
y esté al partir la nave
que nunca ha de tornar
me encontrareis a bordo,
ligero de equipaje...”
El hombre del traje blanco la miraba con infinito amor y la muchacha le regaló el poema de su sonrisa. Se puso en pie y le dijo:
-Es el momento de partir. ¿Querría acompañarme, caballero?
-Claro que sí, señorita, para eso he venido –Y le ofreció su brazo.
Juntos se adentraron por un recodo donde la luz se hacía intensa. La muchacha volvió la cabeza y dijo adiós a la mujer que había quedado ovillada en el banco. Vio como los rayos de sol se fueron enredando alrededor del cuerpo inmóvil, formando un manto que la tornó crisálida. Y antes de que la pareja retomase el camino, aun tuvieron tiempo de contemplar la espléndida mariposa que surgió del envoltorio.
(Del libro “La noche que murió Paca la tuerta” Ediciones Cardeñoso- Vigo- 2008)


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Juan Calderón Matador
19 oct '09, 01:33 p.m.



Foto óleo Ana Muñoz


Foto óleo Ana Muñoz

VOZ DE OTOÑO


Dormía la mujer serenamente cuando Otoño llamó a su ventana. Lo oyó cantar al otro lado del cristal como si fuese un pájaro cansado. ¿Quién era aquel extraño que perfilaba en grises los contornos del jardín? Su rostro no le era totalmente desconocido pero no podía precisar cuándo ni dónde se habían cruzado anteriormente. Definitivamente decidió que no le gustaba ¡Tan terroso y anaranjado, tan de lluvia y ventisca! Ella, que siempre amó los verdes más rabiosos, los rojos, los azules..., miró la podredumbre en el traje de aquel desconocido, sus retales caídos por el suelo a meced de traviesos zapatos y de vientos sin rumbo. Notó el calofrío de su aliento entre las ingles y la nuca, sin poder evitar un estremecimiento. Buscó refugio bajo las sábanas, al amor de la manta recién desempolvada y allí formó de nuevo su posición fetal, como si demandara el tacto materno, su protección inexpugnable que le quitase el miedo. Pero él seguía cantando una canción tan triste como el mundo. La mujer no pudo resistirlo y regresó al ventanal. Sus ojos se encontraron al doblar la esquina de una lágrima. Ella sintió piedad y decidió acogerlo.

Abrió la puerta de la calle antes de regresar al dormitorio, convencida de que él la franquearía con un ramito de pensamientos, que luego esparciría por su cuerpo. Despojada, tendió toda su estatura, fusionando la carne con los pliegues de una colcha tan hecha de recuerdos que en ella estaba escrita su biografía completa. En el capítulo más reciente ya se hablaba de la llegada próxima de aquel ignoto personaje. La mujer se resignó a su presencia muy a sabiendas de que le causaría pesar.

Él no tardó en posesionarse de aquellos que sabía sus dominios. No se tomó el trabajo de presionar el timbre como hacen las visitas educadas, ¿para qué? Sólo empujó la puerta y avanzó con tanta prepotencia que todos los pequeños ruidos de la casa, a su paso, fueron enmudeciendo para buscar refugio en los rincones. Sabía muy bien dónde le aguardaba su objetivo y, al entrar, se colaron tras él las machas de humedad, que no tardaron en hallar acomodo en las paredes, los muebles y sobre todo en aquel lecho donde aguardaba la mujer vestida únicamente de temores. Las intrusas escarbaron en su carne y se adueñaron de todas las veredas de su cuerpo. Sumisas a las ordenes de aquel amo cruel, hundieron sus hocicos y hurgaron como hurones hasta encontrar los huesos y tiraron de ellos para dejarlos doloridos de por vida.

El instinto de la mujer la empujó a defenderse, mas ya no había remedio. Lo vio tan poderoso frente a ella que solo pudo aflojar sus tensiones y recibirlo en el zaguán del cuerpo, aquel templó que había preparado y cuidado durante tanto tiempo para que todo en él fuera belleza. Él se tendió sobre ella y a su contacto el lecho se inundó de frío, las carnes femeninas se ajaron con presteza, los pechos descendieron varias escalinatas, el vientre se curvó, se deformaron las caderas, se le plegó el rictus de la boca y los ojos perdieron sus destellos. El mal-venido, a pesar de haber conseguido sus propósitos, siguió sumergido en un continuo gimoteo, con la voz enredada en aquella canción tan deprimente que alejó de la casa a cuantos amantes habían frecuentado la cama de la mujer de primavera y verano, la misma que en aquel momento abrió los ojos sobresaltada y pudo recordar al personaje que le había ocupado el sueño, la pesadilla de su primer otoño personal. Por olvidar el mal recuerdo quiso entonar una canción de moda, entonces descubrió que también ella cantaba ya con voz de pájaro cansado. Corrió al espejo y contempló a una desconocida que apenas recordaba a la mujer que era antes de acostarse. Quiso llorar pero en lugar de hacerlo se irguió como una diosa y, con la dignidad que dan los años, se enfrentó a aquella extraña: Creí que te odiaría, pero no. Te acepto como eres, mujer de otoño. Juntas seremos invencibles. Pongámonos un toque de carmín y salgamos a la calle. La vida nos aguarda y no me parece conveniente hacerla esperar ni un solo instante.

Texto incluido en el libro "La noche que murió Paca la tuerta" (Ediciones Cardeñoso 2008 Vigo)
Escucha este texto en la voz de su autor, al comienzo del blog en CANAL ARVIKIS - Dragonfly

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